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Full text of "Sesentón calaverón : juguete cómico en un acto y en prosa"

EL TEATRO 



COLECCIÓN DE OBRAS DRAMÁTICAS 7 LÍRICAS 



SESENTÓN MEIN 



JUGUETE CÓMICO 

EN UN ACTO Y EN PROSA 
escrito por 

D. BRUNO GÜELL 




MADRID 
FLORENCIO FISCOWIGH, Editor 

{Sucesor de Hijos de A. Guilón') 

Oficinas: POZAS, 4, 2.° 
1900 



Ifr 



Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/sesentncalavernj25016gell 



SESENTÓN CALAMÓN 



Esta obra es propiedad de D. Bruno Güell, y nadie 
podrá sin su permiso, reimprimirla, ni representarla en 
España y sus posesiones de Ultramar, ni en los países en 
los cuales haya celebrado ó se celebren en adelante tra- 
tados internacionales de propiedad literaria. 

Así mismo se reserva el derecho de traducción. 

Los comisionados de la galería lírico-dramática, titu- 
lada EL TEATRO, de D. Florencio Fiscowich, son 
los exclusivamente encargados de conceder ó negar el 
permiso de representación y del cobro de los derechos 
de propiedad. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



SESENTÓN CALAMÓN 

JUGUETE CÓMICO 

EN UN ACTO Y EN PROSA 
escrito por 

D BRUNO GÜELL 



Estrenado en el Teatro Granvía de Barcelona 



BARCELONA 

Tip. dr Manuel Tasis, Tallers, 6, 8 y 10 
1900 



APASTO 



PERSONAJES 



ACTORES 



EMILIA . 
TIBURCIA 
D. CELESTE 
EMILIO . 
ANTONIO 



Sra. Castillo. 

» Llorens. 

Sr. Güell. 

» Montero. 

» Martínez. 



Época actual. Derecha é izquierda del actor 



Los materiales de orquesta de las obras de D. Bruno Güell, pueden 
pedirse á D. Florencio Fiscowich, ó al autor. 



ACTO ÚNICO 



Sala elegante, puertas laterales y al foro. Una ventana derecha 
segundo término, chimenea, espejo, velador, reloj, etc, 



ESCENA PRIMERA 



D. CELESTE Y TIBURCIA 

(D. Celeste entona la canción del pajarito de la zarzuela 
«Vuelta del Vivero>, mientras se arregla frente del espejo) 



D. Cel. 

TlBUE. 

D. Cel. 

TlBUR. 

D. Cel. 



TlBUR. 

D. Cel. 

TlBUR. 

D. Cel. 



Pajarito mío... ¿Eh... quién anda ahí?... 

Soy yo señor don Celeste. 

Ola, celestial portera... Adelante. (Tiburcia 

entra con una cesta llena de botellas y fiambres) 

Aquí traigo el vino... 

Perfectamente; vino y... libertad. ( canta.) 
«Es el vino moscatel...» (Transición) ¿Cuánto 
cuesta, cuánto cuesta? 
Ocho botellas á tres pesetas, pues son... 
Tres veces ocho... Déme usted la corbata. 
Voy señor. 

Colóquemela usted en su sitio. (Tiburcia lo 
hace. d. Celeste canta.) «Libertad, libertad sa- 
crosanta.» (Aparte.) Esta portera es aún muy 
apetitosa. Tiene un cogote que ni un canó- 
nigo. (La pellizca.) 



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Tibur. Señor... qué hace usted... que pellizco. 

D. Cel. No me había apercibido. Dispensa. ¿Has 
traído los fiambres? 

Tibur. Y que no huelen bien que digamos. Huela 
usted, huela usted. 

D. Cel. Exquisitos. Perfume encantador. Si el ami- 
go Petrales no queda contento de mi coope- 
ración á su obra, digo que no tiene ver- 
güenza... (Transición.) ¿Hace frío hoy? ¿hace 
frío? 

Tibur. ¿Hombre, en Agosto? 

D. Cel. Justo... es verdad. Ya veo, excelente Ti- 
burcia que es usted una magnífica porte- 
ra... Voy á estenderla el nombramiento de- 
finitivo de camarera única y exclusiva de 
mi señoría independiente... 
(canta.) «El buey suelto bien se lame...» 

Tibur. Y bien que lo necesita usted. ¿Cómo andará 
usted de calcetines? 

D. Cel. Estropeado hija, estropeado. 

Tibur. Como todo hombre soltero. 

D. Cel. Qué, ¿soltero? Viudo... Tiburcia, 
hace quince años, y además padre, 
cir, expadre de una hija. 

Tibur. Qué, se ha muerto, ¡pobrecita! 

D. Cel. ¡Un cuerno!... No señora, viva y muy 
viva... 

Tibur. ¡Ah!... yo que sé; ocho días que estoy en 
la casa... 

D. Cel. Estos precisamente hace que me jubilaron 
de padre. 

Tibur. No conozco esta jubilación... Y esto que es- 
toy en clases pasivas... 

D. Cel. Pues muy sencillo. Que hace ocho días ter- 
miné mi misión de sereno; digo de padre, 
porque casé mi hija... 

Tibur. Ah... vamos... 

D. Cel. Ah... vamos... vamos, abrócheme usted 
esos puños... 

Tibur. Voy señor.. (Lo hace.) 

D. Cel. Y cuanto almidón... 

(Cantando.) «Estos son los calzones del seño- 
rito...» 
(Lo dicho. Esta portera es tentadora.) 

(Pellizco.) 



viudo... 
.. es de- 



- 9 — 



Tibur. Señor... que.no le abrocho si no está usted 
quieto... 

D. Cel. Tienes razón... No me había apercibido. 
Abrocha, abrocha... 

Tibur. ¿Conque casó usted su hija? 

D. Cel. Con un millonario, joven y guapo... Al fin 
pude descargarme... Digo no, al fin llegué 
al día más feliz para un padre... porque 
usted no puede figurarse que felicidad es 
casar una hija... cómo puede usted figurar- 
se! (Transición.) ¿Usted ha sido padre alguna 
vez? 

(Gravedad.) Yo he sido madre... 
Ah, si es verdad, usted debe de haber sido 
madre; pero no; para saber lo que yo digo 
es necesario haber sido padre, y padre viu- 
do... padre mártir... 
¿Mártir? 

Claro... No ve usted que un padre viudo no 
es como una madre... porque no puede dor- 
mirse... 
Tiene guasa... 

Lo que tiene es mortificación... Duérmase 
usted con una hija de dieciocho años, te- 
niendo al lado un novio millonario, joven y 
guapo. Tráigame el chaleco... eso es... 
Ahora el frac... 

Que frac... Si tengo que irme con esta ees 
ta.,. 

Si estaba aquí preparado. 
Ah. es verdad... Como tenía que ir á ver al 
ministro por una recomendación que me 
hizo mi yerno. Y debo de ir... Pero, ¿y la 
invitación de mi amigo Petrales? Nada, 
nada, primero es la obligación... que los 
afectos paternales... Al fin soy libre, goce 
mos de esta libertad... Venga la cazado 
ra... eso... y el sombrero cordobés... así., 
¿qué tal? A gozar... á vivir... Bastantes 
años ejercí de padre viudo... hoy es la pri 
mera vez que vuelvo á mi anhelada inde 
pendencia. 
(cantando.) «Viva, viva la independencia.» 

Tibur. ¿Qué? ¿Va usted á salir? 

D. Cel. ¿Que si voy á salir?... Pregunte usted cuán- 



Tibur. 
D. Cel, 



Tibur . 
D. Cel. 



Tibur. 
D. Cel, 



Tibur. 
D. Cel. 

Tibur. 
D. Cel. 



10 — 



TlBUR. 

D. Cel. 

TlBUR. 

D. Cel. 



TlBUR. 

D. Cel. 



do volveré á entrar. Salimos yo, y las bo- 
tellas, y los fiambres, y las ilusiones. 
Pero señor, que locura... 
Es verdad... Toma; de gozo te pellizco.., 

(Lo hace.) 

Que manía tiene usted con lascarnes ajenas. 
Tienes razón, no me había apercibido... 
Anda ve á buscarme un coche que me con- 
duzca á la estación del Norte. ,. 
Voy volando. 

Sí, vuela, vuela... y te daré en volviendo 
dos pellizquitos de propina. 



ESCENA II 

DON CELESTE, solo 

¡Ah! ¡ah! quién estuviera ya en el Esco- 
rial... Al fin me veo libre como el gorrión... 
Repasaré otra vez la cartita de mi amigo. 
«Mi pillín amigo.» Pillín... cómo me cono- 
ce. «Te he tolerado que pasases aún ocho 
«días en"tu habitual esclavitud para que 
«encontraras después más sabrosa tu pri- 
«mera embestida de libertad. Rompe tus 
«cadenas y vuela á mi lado, donde te espe- 
«ra la aureola de libertad y donde te espe- 
«ran una opípara mesa y unas opíparas 
«modistas amigas mías y amigas de la 
«juerga!...» ¡Sopla, sopla! media docena de 
modistas... Añadiré media docena más de 
botellas... Las nueve... y diez... aun podré 
alcanzar el tren de las once... Oigo pasos... 
será Tiburcia... sí, ella es. 



ESCENA III 

D. CELESTE Y TIBURCIA 

Tibur. El coche espera. 

D. CEL. Pues andando. (Coje la cesta y se dispone á salir.) 

Tibur. ¡Ah! Me se olvidaba... Un joven muy pre- 
ocupado y muy pálido desea ver á usted. 
Aquí está su tarjeta. 



— 11 — 

D. Cel. «Antonio Sedoso...» (Deja caer la cesta.) Cayó- 
se la casa á cuestas. Pero no podías decir 
que no estaba en casa... 

Tibur. Pero si ya... 

D. Cel. Toma imbécil. (Pellizco.) 

Tibur. Ay, ay, señor. 

D. Cel. Dispensa no me había apercibido... Pero 
debías haber dicho que no estaba en casa. 

Tibur. Bueno, voy y le diré que usted me ha dicho 
que no estaba en casa. 



ESCENA IV 

DICHOS Y ANTONIO 

Anto. No es necesario... 

D. Cel. Si ya lo vemos. No es necesario. 

Anto. Señor don Celeste... 

D. Cel. Verá usted... Supongo al ver esta cara de 
funeraria que trae usted, que viene por 
algo... pero yo no puedo detenerme; me es- 
pera el coche... me espera la estación... y 
me espera... 

Anto. El tren, me lo figuro. 

D. Cel. No, canastos; el tren no espera á nadie; á 
las once sale y... 

Anto. Bueno; saldrá en el de las doce. 

D. Cel. Saldré en el que me dé la gana. 

Anto. (Haga usted que nos quedemos solos...) 

D. Cel. (Pero el tren...) 

Anto. (Que nos quedemos solos.) 

D. Cel. (a Tiburcia.) Pues vea usted que se hace para 
que quedemos solos. (Tiburcia se va.) Que in- 
teligente es esta portera; sabía lo que de- 
bía hacer para dejarnos solos... 



ESCENA V 

D. CELESTE Y ANTONIO 

Escena muda. Antonio se enjuga los ojos. Suspira fuerte; se sien- 
ta; invita á D. Celeste á que lo haga; éste lo hace, y cuando 
se dispone á hablar D. Celeste le interrumpe, va á la venta- 
na y dice:,) 

D. Cel. Aguarde usted, cochero, que me he queda- 



— 12 - 



do solo con un caballero, y cuando esté 
solo del todo, bajaré y me arrastrará usted. 
(Vuelve á sentarse.) Ahora diga usted. 

Anto. ¡Ay caballero! ¡¡¡me ha causado mucho 
mal!!! 

D. Cel. Canasto, si no he pellizcado sino á la porte- 
ra... Digo,., no... 

Anto. Llegué de madrugada de un largo viaje-, 
volé á su antiguo domicilio... y... 

D. Cel. Encontró usted que yo había volado. 

Anto. Pregunto... me contestan. 

D. Cel. Es natural. 

Anto. Me cuentan, y sé,.. 

D. Cel. Lo que no sabía aún. Claro. 

Anto. Sé... ¡¡¡Horrible destino!!! 

D. Cel. (Con voz cavernosa.) Hombre, que entonación 
más melodramática... 

Anto. ¡¡¡Sé que aquella morada era habitada por 
su hija y por su yerno!!!... Oh fatalidad.. 

(Con la voz cavernosa.) 

D. Cel. Hombre, ha puesto usted una voz como un 
fagot. 

Anto. Figúrese usted lo que me ha impresionado 
la noticia... 

D. Cel. Pero hombre, si esto es más antiguo que el 
comer... (A que no voy á llegar á tiempo...) 
(mirando ei.rei»j.) Caballero, con su permiso... 

Anto. He aquí el motivo de mi visita. 

D. Cel. Bueno, gracias. Quería usted saber donde 
vivía, ya lo sabe usted, ahora me marcho. 

Anto. Usted se queda... 

D. Cel. Caballero... 

Anto. Usted se queda. 

D. Cel. (¿A que le pellizco á ese?...) 

Anto. ¿Conque ha casado usted á su hija; conque 
tiene usted yerno; conque es usted sue- 
gro?... 

D. Cel. Sí, señor; ya soy suegro... gracias á Dios, 
y voy ahora á pasar un día con las mo- 
distas. 

Anto. ¿Con las modistas?... 

D. Cel. Si.,, no... sí, con las que le hicieron la ca- 
nastilla de boda, y á pagarles su trabajo... 

Anto. ¡¡Ah, don Celeste... Ah, don Celeste!!... que 
ingratitud. Casar á su hija, mientras yo en 



— 13 — 

remotas tierras ganaba una fortuna que 
hoy venía á poner á sus pies, mientras le 
daba mi mano de esposo... casarla estando 
yo ausente... 

D. Cel. Hombre, no haberse marchado. 

Anto. ¿Y la fortuna? yo debía ir á buscar la for- 
tuna. 

D. Cel. ¿Y la trae usted? 

Anto. Inmensa, don Celeste, inmensa... Tres ve- 
ees millonario. 

D. Cel. Pues haber venido antes, canario. En fin, 
que usted se alivie... y adiós; tengo prisa. 

Anto. (Tira una silla al suelo.) Oh padre tirano. 

D. Cel. Caballero... 

Anto. Ha quebrado usted mi existencia. 

D. Cel. Y usted me va á quebrar las sillas... Hom- 
bre, que culpa tienen los muebles del re- 
tardo de usted... vaya, beso á usted la ma- 
no. Servidor de usted; reconózcame por un 
amigo. Y van á dar las once... y soy de us- 
ted afectísimo... y se me escapa el tren... y 
se me escapa y... 



ESCENA VI 



DICHOS Y EMILIA 

Emi. Buenos días, papá. 

D. Cel. Adiós Madrid... 

Anto. Ella.... Oh felicidad. (Se esconde un poco.) 

Emi. Qué, ¿estás de marcha? 

D. Cel. Sí, te diré... Hay un hotelito en venta, 
aquí en un pueblecito inmediato, y... 

Emi. ¡i^y, papá!! 

D. Cel. ¿Eh? ¿Qué es eso? 

Emi. Tú no puedes adivinar. Soy muy desgra- 
ciada, desgraciadísima. 

Anto. (presentándose.) Y usted tiene la culpa de sus 
desgracias. 

Emi. ¡Cielos! ¡¡Antonio!! 

D. Cel. Hombre, quiere usted no meterse en cami- 
sas de once varas. 



— 14 — r ■ 

Emi. ¡¡Antonio!! ¡¡Antonio!! 

Anto. Sí; el mismo que usted ha sacrificado; yo 

que por usted... 
D. Cel. Bueno, bueno; basta de sentimentalismos y 

al grano; cuéntame lo que te pasa. 

EMI. (Turbada por la presencia de Antonio.) Lo que me 

pasa... si no es... nada papá... 

D. Cel. ¿Ahora salimos con esas?... 

Anto. Sí, señorita, sí; usted padece. Usted sufre; 
usted llora ocultamente, porque yo lo veo, 
porque yo lo siento aquí... en el corazón. 

D. Cel. (Y yo te siento ya á ti, aquí en la boca del 
estómago.) 

Anto. Usted tiene penas: usted tiene dolor; usted 
tiene desventuras con su marido. 

D. Cel. Hombre, que empeño. 

Anto. Es desgraciada, lo ve usted, es desgra- 
ciada... 

Emi. Al contrario... soy dichosa, completamente 
dichosa... 

D. Cel. ¿Oye usted? No dirá que se lo he hecho de- 
cir... 

Anto. Disimula. No dice la verdad... 

D. Cel. (Si no que hay una cacharrería debajo, lo 
tiraba por el balcón.) 

Anto. Ah señorita, usted ha labrado nuestra co- 
mún y eterna desventura. 

D. Cel. Basta.., En uso de las facultades que me 
conceden los artículos de padre-viudo, ten- 
go el honor de poner á usted de patitas en 
la calle. 

Anto. ¡¡Qué humillación!! ¡Está bien! por conside- 
ración á esta señorita, me retiro... pero... 
nos volveremos á ver. 

D. Cel. Bueno, pero tarde usted. 

Anto. Adiós, Emilia... Nos volveremos á ver. 



ESCENA VII 



D. CELESTE Y EMILIA 



D. Cel. ¡Habrá moscón! has conocido en tu vida un 
ente más extraordinario. Pero, ¿qué es eso? 
¿Pucheros? 



— 15 — 

Emi. ¡Ay padre! ¡¡Soy muy desgraciada!! 

D. Cel. Pero si hace un momento decías... 

Emi. No he querido que Antonio... 

D. Cel. Bueno... ¿es que tu esposo?... 

Emi. Es un monstruo. 

D. Cel. Temprano empezamos. 

Emi. Y no quiero vivir ni un minuto con seme- 
jante tirano. 

D. Cel. Pero criatura... ¡Vaya, la primera nube!... 
como tu madre... 

Emi. ¿Por qué me has casado con él? 

D. Cel. ¡Uy!... No me cargues ese muerto. ¿Acaso 
no ha sido elección tuya? 

Emi. Es que tenías la obligación de no dejarme 
elegir. 

D. Cel. Vaya, vaya, vaya... ¿No me digiste que te 
morías si no te casabas con él?... 

Emi. Era preferible que me dejaras morir enton- 
ces de un golpe, que no ahora lentamente... 

D. Cel. Pero si ayer estabais como dos pichones sin 
pluma... 

Emi. Pues hoy nos odiamos á muerte. 

D. Cel. Son odios amorosos. 

Emi. Irreconciliables. Es un miserable, un hipó- 
crita. 

D. Cel. Todo es cariño, exceso de cariño. 

Emi. Tú me has sacrificado. 

D. Cel. Dale bola... 

Emi. Sí, porque los dieciocho años son irreflexi- 
vos, y tú que eres padre, que eres anciano, 
debías conocer que Emilio no me convenía. 

D. Cel. Hombre, hombre; á que resulta que habré 
perdido al casar á mi hija. 

Emi. No me cabe duda que Antonio no hubiera 
sido tan tirano. Debías obligarme á que me 
casara con Antonio. 

D. Cel. Pero si esto pertenece ya á la historia y no 
viene á cuento. Vamos, vamos á casita, á 
casita con tu maridito, y se acabó. 

Emi. Jamás, jamás y jamás. Le detesto, le odio, 
le abomino; nunca más volveré á su lado. 

D. Cel. Bueno; ¡¡pues estamos avisados!! (viendo 
aparecer á Emilio. (Adiós, la gorda. Su ma- 
rido.) 



— 16 — 



ESCENA VIII 



DICHOS Y EMILIO 



Emilio. 
D. Cel. 
Emi. 
Emilio. 

Emi. 

Emilio. 

Emi. 

Emilio. 

Emi. 

Emilio. 

Emi. 

Emilio. 

Emi. 

D. Cel. 



Emi. 
Emilio. 
D. Cel. 
Emi. 



Presente. 

Hombre pareces un quinto. 
Yo me marcho. 

Usted se queda, señora. Necesito una ex- 
plicación. 

Pues no quiero satisfacerle á usted. 
¿Se convence usted ahora, papá-suegro? 
No se convenza aún... 
Es que yo tengo derechos... 

Y deberes... 

Y no cedo... 

Y á mí qué. 
Señora... 
Caballero... 

Bueno, bueno, basta. Quizá una mala in- 
terpretación. (Veamos si se arregla á esca- 
pe y atrapo al menos el treu de las doce.) 
Tú primero. Expon tus quejas. 
Pues son gravísimas. 
Niego. 

Silencio... Deja que hable ella... 
Pues me quejo en primer lugar, de que este 
caballero, no conoce ni los rudimentos de 
galantería, y usted sabe perfectamente, 
que sin esta cualidad, para nada sirve un 

marido. (Aparece Antonio, y al verlos personajes 
en escena, se oculta entre las cortinas del foro.) 



ESCENA IX 



DICHOS Y ANTONIO 



Anto. (¡Ah! Su marido... Escuchemos.) 

D. Cel. Bueno, y en qué fundas la acusación. 

Emilio. Se lo diré yo. En que me he negado á coni 



- 17 - 

prarle un Bebé, que estaba expuesto en los 

escaparates del Bazar X. 
Emi. Y ya ves, tú papá, que un marido que á los 

ocho días de casado, niega un Bebé á su 

mujer, no tiene perdón de Dios. 
Anto. (Esta es la mía. A escape.) 



ESCENA X 



DICHOS MENOS ANTONIO 

D. Cel. Bueno-, pues anda, cómpraselo y se terminó 
el asunto. 

Emilio. Pero si ya tiene cinco... Y además, todos 
estos dispendios en chucherías, caen como 
plomo sobre mí conciencia... porque es di- 
nero que les robamos á nuestros hijos. 

Emi. ¿A qué hijos? 

Emilio. A los que tendremos, señora. 

Emi. Es que no los tendremos, caballero. 

D. Cel. ¡Eh, eh, eh! alto; por esto no paso... quién 
sabe, quién sabe!! 

Emilio. Vamos, pues todo se ha concluido. 

Emi. ¿Todo, todo?... pues no señor. (¡Tengo que 
hacerte rabiar un poco!) Y para que sepa 
lo que me aburre su presencia le dejo aquí 
solo con papá... Reflexionen los dos un par 
de horas sobre el particular y ya veremos. 



ESCENA XI 



D. CELESTE Y EMILIO 



D. Cel. (¡Canastos! Un par de horitas. A buena 

hora me reúno con las modistillas...) 
Emilio. Y bien, que dice usted á esto, papá suegro. 
D. Cel. Que te culpo á ti de todo... 
Emilio. ¿A mí, por qué? 
D. Cel. Te parece poco, que por tu intemperancia, 



— 18 — 



hayas obligado á mi hija á que viniera á 
mi casa, ¡Y hoy, precisamente hoy!!... 

Emilio. Pero escuche usted. 

D. Cel. (Y el cochero esperando.) (A la ventana.) Un 
poco de paciencia cochero, que tengo que 
arreglar un matrimonio. Si no está; se mar- 
chó. Hacerme desgraciada á una candida 
niña que he confiado á tu hidalguía.,. A 
una tierna gacela... Oye, sabes dónde ven- 
den Jerez extra... 

Emilio. Papá suegro... 

D. Cel. Abusar así de la inocencia... 

Emilio. No, señor-, soy su marido, y puedo... 

D. Cel. Y yo soy su padre, y debo... 

Emilio. ¿Su padre?... 

D. Cel. Sí, señor... tendría que ver que pusiera us- 
ted en tela de juicio este aserto... 

Emilio. De ninguna manera, pero no para que me 
dé lecciones. 

D. Cel. ¿Y por qué no? Yo he sido casado antes que 
usted y antes que mi hija. 

Emilio. Vaya una noticia... 

D. Cel. ¡Demonio, las doce y cuarto!... Bueno, no 
divaguemos y busque usted el medio de 
precipitar la reconciliación. 

Emilio. Pues muy sencillo; márchese usted. 

D. Cel. De perilla... 

Emilio. Vaya usted á ver al ministro para la reco- 
mendación que le pedí, y vuelva, que ya 
verá usted como estamos reconciliados. 

D. Cel. ¿A ver al ministro? ¿y Petrales? 

Emilio. Quién es Petrales. 

D. Cel. Pues uno... eso, Petrales, que me espera 
para tratar un negocio de cueros... 

Emilio. Vausted después. 

D. Cel. Es que después... para. 

Emilio. Lo reclama la tranquilidad conyugal. Há- 
galo usted, papá... 

D. Cel. Bueno. (Saldré á la una.) 

Emilio. Consiente usted al fin... 

D. Cel. Cuando no hay otro remedio. Pero señor, 
dónde se habrá metido este coche. Tibur- 
cia, Tiburcia. ■ . 



— 19 — 
ESCENA XII 

DICHOS Y TIBURCIA 

Tibur. Mande el señor. 

D. Cel. ¿Dónde está el coche? 

Tibur. Pues se ha marchado hace media hora con 
el joven que vino antes. 

D. Cel. Silencio, habladora. No debía usted dejarlo 
marchar. 

Emilio. ¿Y qué joven era ese? 

Tibur. Un... 

D. Cel. Un peluquero,., el mío. Vaya usted á la 
cocina... 

Tibur. ¿A la cocina? ¿Quiere usted un par de hue- 
vos? 

D. Cel. Un par de demonios, (pellizco.) 

Tibur. Ay... 

Emilio. ¿Qué es?... 

D. Cel. Que se espanta, que se espanta, vayase us- 
ted, (y el coche que se ha marchado) vaya- 
se usted ahora á pie al ministerio, en fin, 
marcharé en el tren de las dos. 

Emilio. Ande, papá, las horas son siglos. 

D. Cel. (No lo sabes tú bien, más que eso; eterni- 
dades...) Vaya adiós. A ver como tranqui- 
lizas á Emilia. 

Emilio. Descuide usted... 

D. Cel. Adiós... (iré por el Jerez...) Adiós, (y com- 
praré pasteles...) Adiós, y que arregles el 
pastel; digo, no, lo otro; adiós, adiós. 



ESCENA XIII 

emilio, enseguida emilia 

Emilio. Al fin estoy solo. Preparémonos para dar 
la carga. Quiero que ésta le sirva de escar- 
miento para lo sucesivo. ¡Ola! aquí viene. 
Hagamos el distraído... 



— 20 — 

Emi. (Saliendo.) Silencio profundo. ¿Se habrá ido 
Emilio? 

Emilio. Todavía no. 

Emi. ¡Ah! 

Emilio. ¿Te ha pasado ya el enojo? 

Emi. Nunca, caballero. 

Emilio. ¿Me aborreces? 

Emi. Para siempre. 

Emilio. Oh, esto es intolerable. Ven aquí, mujer 
inconstante. 

Emi. Déjeme usted, caballero. 

Emilio. ¿Hablas en serio? 

Emi. Se lo juro á usted. • 

Emilio. Es que no puedo creer en tus juramentos, 
si hago memoria de aquéllos en que decías 
amarme eternamente. 

Emi. Es que contaba que sería usted amable. 

Emilio. Y lo soy. i 

Emi. Y complaciente. 

Emilio. Y lo soy. 

Emi. Y no tirano... 

Emilio. Y lo soy... No, digo, y no lo soy. 

Emi. Estás insoportable. 

Emilio. ¡Eh! que te has reído... que he visto tu son- 
risa debajo de tu nariz. Ven, monísima. 

Emi. Déjeme usted. 

Emilio. Ven, mi alma. 

EMI. Jamás, jamás y jamás. (La persigue. Aparece 

Tiburcia con una gran caja en la mano.) 



ESCENA XIV 



dichos y tiburcia 



Tibur. Con permiso. 

Emilio. ¿Qué es eso? ¿Qué traes? 

Tibur. Esta caja que acaba de entregarme un man- 
dadero. Pero no es para usted, sino para 
la señorita. 

Emi. ¿Para mí? Está bien. 

Emilio. ¿Y qué es eso? 

Emi. Divinos cielos... Mi bebé, mi bebé. 



— 21 - 
Emilio. ¿Eh? ¿cómo? El bebé. 

EmI. ¡Calle! (Con mucha galantería y mirándole con mu- 

chísimo cariño.) Y te haces el sorprendido. 

Emilio. Te juro que... 

Emi. Vamos, cierra los labios. ¿Qué? Es que te 
escuece el confesar que has sido tú el que 
ha transigido en nuestra cuestión... Ven, 
dame un abrazo. Esta galantería, te recon- 
cilia conmigo. 

Emilio. Te. aseguro. .. 

Emi. Nada, nada, un abrazo entre los tres y se 

terminó el asunto. (Quedan abrazados con la mu- 
ñeca en medio. Aparece D. Celeste.) 



ESCENA XV 



dichos y don celeste 

D. Cel. Bravo... Benditas sean las reconciliaciones. 
Emi. Mira papá, mira que bonita es, parece de 

veras... 
D. Cel. Ya lo creo... Mañana te pedirá sopitas.' 
Emilio. (¡Ah! ya caigo, ha sido papá el que la ha 

mandado.) 
D. Cel. Bravo, mi querido yerno, bravo. Así se ha 

cen las cosas. Este es un golpe maestro. 

Una transición honrosa. 
Emilio. Pero sí usted... 
D. Cel. Sí, hombre, has hecho bien; al. fin y al cabo 

es tu mujer y hay que contentarla. 
Emi. Voy enseguida á ponerme el sombrero, y á 

casa. 
D. Cel. ¡Eso! idea sublime: á casita, á casita, hijos 

míos... (Y yo al tren... al tren...) 
Emi. Vuelvo enseguida. 



ESCENA XVI 



DON CELESTE Y EMILIO 



D. Cel. Muy bien, mi querido yerno. Ves cuan 
pronto lo has arreglado. 



Emilio Eso deseaba decirle á usted, al par que sig- 
nificarle mi disgusto, porque ha obrado 
muy de ligero. 

D. Cel. ¿Pero qué dices? 

Emilio. No disimule usted. La intención es buena, 
pero ella ha creído de esa manera, que yo 
había cedido, y eso perjudica mi autoridad 
marital. 

D. Cel. Pero hombre, ¿estás loco? 

Emilio. Sí, persista usted en querer ocultar que ha 
sido usted el que ha mandado el bebé. 

D. Cel. Claro que persisto. Como que es verdad. 
Como que has sido tú. 

Emilio. Le juro á usted que no. 

D. Cel. ¿Hablas de veras? 

Emilio. De toda formalidad. 

D. Cel. Esto si que es curioso... Tú no has sido; yo 
tampoco... (Ah demonio, habrá sido Anto- 
nio, que enterado del asunto...) 

Emilio. Pero yo sabré quién ha sido. El bebé, es del 
bazar X; pues el bazar me lo dirá. 

D. Cel. Hombre, el bazar habla... 

Emilio. Y el atrevido tendrá que cruzar una bala 
conmigo. 

D. Cel. (¡Ay, ay! ¡qué marimorena!) Verás, quería 
llevarlo oculto; he sido yo... 

Emilto. No, no ha sido usted. 

D. Cel. Caracoles, te digo... 

Emilio. Que no lo creo... ¡A ver! en el fondo de la 
cajita va un billete. 

D. Cel. Un billete... La metimos. 

Emilio. Y en verso... 

D. Cel. Tenorio falsificado. 

Emilio. (Leyendo.) «Salí de España» 

«con rumbo á Cuba.» 

D. Cel. (Cantando.) En un paquete 
de Nueva York. 

Emilio. «Volví muy rico» 

«te hallé perjura.» 

D. Cel. Basta no sigas. 

Lo he hecho yo. 

Emilio. No es verdad, qué infamia. 

Vea usted A. S. 

D. Cel. As. Este, as. Este acusa las cuarenta... 

Emilio. No. Antonio Sedoso... El antiguo novio de 



— 23 - 

mi mujer. Sí, ahora recuerdo haberle visto 
esta mañana rondando los balcones de mí 
casa... ¿Pero cómo ha podido saber el mise 
rabie que mi mujer deseaba?... Oh y sabré... 



ESCENA XVII 



DICHOS Y EMILIA 



Emi. Ya estoy dispuesta. 

Emilio. Pues dispóngase usted á morir. 

Emi. ¿Vestida? Qué guasa se trae mi marido, 
¿verdad papá? 

D. Cel. Sí, mucha guasa, mucha. 

Emilio. Y para completarla voy á hacer añicos esta 
miserable muñeca. 

Emi. ¿Y por qué? 

Emilio. Porque me da la gana... 

D. Cel. Eso... porque le da la gana y deja que te la 
destroze. 

Emi. No quiero... Es su regalo, y es tan pre- 
ciosa... 

D. Cel. Bueno... déjala... yo te compraré ana me- 
jor. 

Emi. No, no, que como ésta ninguna me gustará. 

Emilio. Por eso precisamente quiero hacerla pe- 
dazos... 

Emi. Qué barbaridad. 

Emilio. Qué narices, digo yo. 

D. Cel. ¡Eso! qué narices, dice él... Déjalo mujer, 
si no será peor. 

Emi. Pues no me da la gana. 

D. Cel. Nada, ya lo ves, que no le da la gana... (y 
el tren que habrá marchado.) 

Emilio. Pues bien, ¡cojo esos versos! ¿ve usted se- 
ñora esos versos? los envuelvo en una bala, 
y va usted luego á buscarlos en el corazón 
de su amante. 

Emi. ¡Pero, Emilio! 

D. Cel. ¡Pero, Emilio! 

Emilio. Nada me ataja. Adiós. 



— 24 



ESCENA XVIII 

DON CELESTE Y EMILIA 

Emi. ¿Pero qué lío es este?... 

D. Cel. Pues ya lo ves, un lío de una muñeca. Y se 

va á batir... Oh, yo no puedo consentir. 
Emi. A batirse... un duelo... mi marido... un 

duelo... un duelo... 
D. Cel. No te sulfures, que los duelos con pan... 
Emi. Es que no quiero que se bata porque le 

amo, le adoro, le idolatro. 
D. Cel. A buena hora mangas verdes... 
Emi. Oh, corra usted, impida usted este duelo. 
D. Cel. Y dónde voy ahora sin guía ni norte... A la 

estación del Norte, allí... digo, no. 
Emi. ¡Corra usted ó se queda usted sin hija! me 

suicido. 
D. Cel. ¡Canastos! (Pues buena se va poniendo la 

cosa para marcharme...) Voy, voy... (No 

hay más remedio saldré en el tren de las 

dos.) 

ESCENA XIX 



EMILIA luego ANTONIO 

Emi. Oh, Dios mío... que emociones,.. ¿Pero por 

qué se habrá desafiado mi marido? y ¿con 

quién se habrá desafiado? 
Anto. Conmigo, señora. 
Emi. ¿Usted aquí, caballero? ¿Y es usted quien 

va á batirse con mi esposo? 
Anto. Asi dicen que lo desea. 
Emi. ¿Pero por qué? ¿Qué ha hecho usted? 
Anto. Pues mandarle el bebé que tanto anhelaba. 
Emi. ¿Usted? ¡Ah! ¡¡no ha sido él!! ¡Caballero, 

salga usted!... 
Anto. Señora, yo la amaba... la amo... y... 
Emi. Salga usted... 

(En esto, se apoya en la mesa, y su mano tropieza con 
la carta que ha leído del principio D. Celeste.) 

¡Cielos! ¡Qué es esto! «Rompe tus cadenas.» 



- 25 



Anto. 
Emi. 



Anto. 
Emi. 

Anto. 
Emi. 

Anto. 
Emi. 

Anto. 
Emi. 

Anto. 
Emi. 



Dios mío... Se nublan mis ojos... «Media 
docena de modistas.» «Opípara cena.» Esto 
es ana infamia. He de vengarme... A los 
ocho días de casado, cena con media doce- 
na de modistas... 
Señora, siento... 

¡Ah! Está usted aún aquí. Bien hecho. Ven- 
ga usted, siéntese usted aquí... Ola, en esta 
cesta hay provisiones. Así almorzará usted 
conmigo. 

Pero si acabo de almorzar. 
No importa. Debe usted repetir. (Prepárala 

mesa.) 

(Me va á dar una indigestión...) 
O almuerza usted conmigo, ó no vuelve us- 
ted á verme en su vida. 
(A trueque de un cólico; no me resisto.) 
Eso es... Almorzaremos y luego irá usted 
en busca de un coche... 
Con mil amores... 

Y nos daremos unas vueltas por la Caste- 
llana. 
Magnífico. 

Pero coma, coma usted más y beba, beba; 
choque usted, (chocan las copas.) Lo ve us- 
ted... cuando menos se piensa salta la feli- 
cidad; choque usted... 



ESCENA XX 



dichos y don celeste 



D. Cel. ¡Uy! un choque. Nada, que no puedo dar 
con él; dónde se habrá metido este chico. 

Emi. Con las modistas. 

D. Cel. Zape... Me ha suplantado. ¿Pero qué es 
esto? Álcese usted inmediatamente. Está 
devorando mis provisiones. 

Anto. Caballero, soy un convidado. 

Emi. Sí, papá, lo he convidado yo... 

D. Cel. ¿Y con qué derecho? 

Emi. Ah, cuando tú sepas el derecho... 



— 26 — 

Anto. Ya ve usted que... 

D. Cel. Vayase usted enhoramala... Vaya un lata 

que es usted, hombre. Hasta en la sopa voy 

á encontrarlo. 
Anto. Caballero... eso de lata... 
D. Cel. Que se vaya... he dicho. 
Emi. Sí, vaya usted por el coche y vuelva presto. 
Anto. Al momento. 
D. Cel. ¿Un coche? Pero esto es Jauja. 
Emi. No se detenga usted, Antonio. 
Anto. Volando. 



ESCENA XXI 



DON CELESTE Y EMILIA 



D. Cel. 



Emi. 
D. Cel. 
Emi. 

D. Cel. 
Emi. 
D. Cel. 
Emi. 

D. Cel. 

Emi. 

D. Cel. 

Emi. 



¿Quieres explicarme qué significa todo esto? 
¡Un almuerzo! ¡Un coche! ¡Un lata en mi 
mesa!! Si tu marido llega á saber eso. 
No me hables de él, papá. 
Estás ida... 

Es un villano... Me engaña miserablemen- 
te... Sépalo usted, ¡¡¡tiene queridas!!! 
¿Queridas? 
Media docena... 
Atiza... será turco... 

Y tengo las pruebas en mi poder... Ah, pa- 
pá... cuan desgraciada me has hecho. 
Otra vez... 

Venga papel, pluma y tintero, voy á es- 
tender mi demanda de divorcio... 
Pero hija mía, esto es el acabóse. 
Como que se acabó. 



ESCENA XXII 

DICHOS Y EMILIO 



Emilio. No Lo encontré. No importa; donde lo en- 
cuentre lo pulverizo. 
D. Cel. Yerno, yerno... 



Emi. Es inútil que juegue usted su vida por mí, 
caballero... Pronto dejaré de pertenecerle. 

Emilio. ¿Por qué? 

Emi. Porque voy á presentar esta demanda de 
divorcio hoy mismo. 

D. Cel. Es preciso. Nos hemos de divorciar. 

Emi. Para que quede usted libre y pueda cum- 
plir con la media docena de modistas... 

D. Cel. (Caracoles... También éste. Entre él y yo, 
docena completa...) 

Emilio. Emilia... este insulto... yo te juro... 

Emi. Conque usted jura. Voy á confundirle. 

D. Cel. Esto. Confúndale, confúndale... 

Emi. (Leyendo.) «Mi pillín amigo. Te he tolerado 
que pases ocho días en tu habitual escla- 
vitud. 

D. Cel. (¡Uy!... La carta de mi amigo Petrales...) 

Emi. «Y unas opíparas modistas amigas mías y 
amigas de la juerga... media docena...» 

Emilio. Pero esto es una infamia... 

D. Cel. Esto es una juerga... digo, una infamia... 

Emilio. Y yo no sé de qué me hablas. 

D. Cel. Claro, y no sabe de qué le hablas... 

Emilio. Le aseguro que estoy en Babia. 

D. Cel. Lo creo... Lo creo... 

Emi. Cómo, le apoyas tú, papá. 

D. Cel. Sí, ahora hago de apoyo... 

Emilio. Quién firma este libelo... 

D. Cel. Serán las modistas... 

Emilio. «Tu pillín amigo Petrales...» 

D. Cel. Petrales, Petrales... Esta carta sé de quién 
es... 

Emi. ¿Lo sabes tú, papá? 

D. Cel. De Antonio. Recuerdo que esta mañana 
cuando vino á verme, la traía en la mano 
y la dejó olvidada aquí encima de la mesa. 

Emilio. ¡Lo ves celosa! 

Emi. Mira el santurrón de Antonio. Fíese usted 
de los hombres, cuando hace un momento... 

Emilio. Qué, has hablado con él... 

D. Cel. Ca, hombre... ca... Nada, abrazaos hijos 
míos, y sea este incidente, ligera nube de 

Verano... (Recoje las botellas y arregla las cestas 
disponiéndose á marchar. Ellos se abrazan.) 

(Gracias á Dios. No hay más remedio; sal- 



— 58 - 

dré en el tren de las tres. ¡¡Cómo hallaré el 

arroz, Dios mío!!) 
Emi. ¿Qué es lo que vas hacer, papá? ¿Acaso, no 

vienes á comer con nosotros? 
D. Cel. Imposible... precisamente, un negocio... 
Emi. Ah, pues en día tan venturoso no debemos 

desampararte... y pues si no quieres venir 

con nosotros, iremos nosotros contigo. 

(D. Celeste, que trae ya en la mano la cesta, al oir 
esto, se le cae de las manos.) 

D, Cel. (¡Caracoles!... ¡Adiós, modistas!) 

Emi. "¿Verdad, Emilio? Un día tan venturoso 

como el de una buena reconciliación, debe 

pasarse al lado de los padres. Veamos, 

¿dónde ibas á comer? 

D. Cel. Pues al... el... il... ol... 'Con vosotros á tu 

Casa. (Cojiendo á los dos y abrazándoles.) 

Emi. Divinamente... á comer, y luego al teatro... 

Estás contento... 
D. Cel. Ya lo creo, contentísimo. (¡Pero señor, qué 

he sacado con casar á mí hija!...) 

Si es que obtengo tu perdón 

público amado y amigo, 

renuncio de corazón 

á ser, formal te lo digo, 

Sesentón Calaverón. 



FIN 



OBRAS PROPIEDAD DE D, BRUNO GÜELL 



El dúo con la sultana, zarzuela bufa. (1) 

Un cien pies, zarzuela bufa. (2) 

El Tío Fresco, juguete cómico-lírico. 

De telón adentro, zarzuela cómica. 

Bouquet Nacional, revista cómico-lírica. 

Castigo del cielo ó la muela de Julio, juguete cómico. 

Bocanegra, zarzuela cómica. 

Sesentón calaverón, juguete cómico. 

La carabina de Ambrosio, juguete cómico. 



( 1) Libro solo 
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